La errática política exterior de Lula

Desde su campaña electoral, la que finalmente lo llevó a la presidencia por un ajustado margen, el hoy presidente de Brasil centró parte de sus discursos en la necesidad de volver a insertar la economía brasileña en el mundo. Lula criticó con dureza la política exterior seguida por Bolsonaro, especialmente por su posición respecto al medio ambiente, el rol de los organismos internacionales y su afinidad con el presidente Trump.

A partir del primer día de su presidencia, Lula comenzó a adelantar los pilares de su política exterior, donde llamativamente se repetían los mismos de sus últimas administraciones, pero ahora en otro mundo, el que en nada se le parece al de sus anteriores mandatos. Esta visión de Brasil a nivel global es defendida principalmente por Celso Amorim, su excanciller y actual asesor principal en política internacional, el que podría considerarse como el ideólogo de la política exterior de la potencia sudamericana.

De acuerdo a lo adelantado y ya confirmado en los primeros meses de gobierno, los componentes clásicos de la política exterior de Brasil estarían centrados en: la importancia de Naciones Unidas y en particular la búsqueda por ocupar un asiento permanente en el Consejo de Seguridad; la potenciación y relanzamiento de los organismos regionales, caso de la CELAC, la UNASUR y el Mercosur y, la profundización de las relaciones de Brasil con África y Medio Oriente.

La primera visita al exterior de Lula fue a Argentina, la que además de evidentes componentes políticos para brindarle apoyo al debilitado presidente Alberto Fernández, tuvo como principal objetivo participar en la Cumbre de la CELAC de Buenos Aires, ámbito de fundamental importancia para desplegar la estrategia de Lula como líder regional. Sus primeros discursos y la amplia invitación de Fernández para que concurran a Buenos Aires presidentes muy cuestionados por la violación de derechos humanos y quiebres democráticos, confirma el interés de Brasil en reinsertar plenamente a Venezuela, Cuba y Nicaragua a los organismos regionales.

A nivel global, el cambio político en Brasil generó expectativa, en especial por la ausencia de una política exterior por parte de Bolsonaro, muy denostado por sus posiciones extremas (muchas de ellas cargadas de retórica) frente al cambio climático, los organismos internacionales, el ataque a determinados colectivos, entre tantas otras. En definitiva, buscó una alianza con Trump, al que defendió hasta el final, posición que tampoco redundó en beneficios muy concretos para Brasil.

En dicho contexto, las expectativas estaban centradas en Lula, que incluso priorizó (luego de visitar Argentina y Uruguay) a Estados Unidos frente a China. Esta definición que a priori parecía una victoria diplomática para Biden, pronto quedó frustrada por un Lula, que en la reunión con el presidente estadounidense hizo prevalecer las diferencias frente los acuerdos, en especial por la guerra en Ucrania, lo que luego ratificó en la visita del canciller alemán a Brasil o en sus visitas a líderes de la Unión Europea. En definitiva, Lula culpó de forma ligera a Europa y Estados Unidos por la guerra, en un acto de enorme irresponsabilidad que lo forzó a pedir disculpas.

En una necesidad algo forzada de posicionarse rápidamente como un actor de relevancia en el escenario internacional, sin una estrategia bien definida y mucho menos consensuada con Estados Unidos y la OTAN, Lula lanzó su propuesta de paz, la que inmediatamente fue descartada por Zelenski por ignorar el principio de unidad territorial. La polémica visión pretende discutir sobre un camino hacia la paz con una lógica de imparcialidad, lo que ya de por sí inhibe cualquier posibilidad de avance, cuando gran parte del Sistema Internacional ha condenado la invasión de Rusia a Ucrania (votaciones de la Asamblea General de Naciones Unidas).

La visita del primer mandatario a Xi Jinping y el nombramiento de la exmandataria Dilma Rousseff como presidenta del Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS, termina otorgándole a China una centralidad en la política exterior brasileña, lo que por cierto era algo esperable debido a la historia reciente entre la potencia sudamericana y China, ya no solo en el comercio, sino también en la relevancia de las inversiones.

A nivel regional, luego de la cumbre de la CELAC y de sus visitas a Argentina y Uruguay (socios en el Mercosur), lanzó un encuentro sudamericano para debatir sobre los bloques regionales, con el especial interés en el relanzamiento de la UNASUR. Los resultados de la reunión de Brasilia fueron muy negativos para Lula, en especial por quedar en una situación muy incómoda respecto a la visión que algunos de los países invitados mostraron sobre la crisis en Venezuela.

Cabe recordar que previo a la realización de la cumbre, el presidente de Brasil se reunió con Maduro, al cual defendió exageradamente llegando a aseverar que las acusaciones en contra de su gobierno eran parte de una “narrativa”. Esta situación, generó ya no solo una respuesta de Lacalle Pou, la que podría esperarse, sino también del presidente chileno de izquierda Boric.

Brasília (DF), 29/05/2023 – O presidente Luiz Inácio Lula da Silva recebe o presidente da Venezuela, Nicolás Maduro, no Palácio do Planalto. Foto: Marcelo Camargo/Agência Brasil

Las diferencias quedaron una vez más centradas en cómo definir al régimen de Maduro, hoy correctamente suspendido por el Protocolo de Ushuaia del Mercosur. Por un lado, Brasil y Argentina no condenan ni el quiebre democrático ni la violación flagrante de los derechos humanos en ese país, mientras que Uruguay y Paraguay han sostenido en más de una oportunidad que lo que ocurre en Venezuela es inaceptable.

La Cumbre de Brasilia arrojó otras polémicas, como la insólita decisión (ya ha ocurrido en otras cumbres del Mercosur) de que el único discurso que se retransmite es el del anfitrión. Una práctica condenable que no favorece con los principios básicos de libertad y responsabilidad de la función pública. La transmisión del discurso de Lacalle Pou desde su celular, en vivo e ignorando la decisión de Lula, fue sin lugar a dudas la nota pintoresca de la reunión de líderes sudamericanos. Más allá de esta nota de color, la reunión que inicialmente tenía el objetivo de relanzar la UNASUR, no incluyó esa sigla en la declaración final, lo que es una evidencia más de la falta de liderazgo del presidente Lula.

Las polémicas del presidente de Brasil siguieron al orden del día, con opiniones sobre diversos asuntos de la agenda internacional e incluso autorizando el reposo de barcos de guerra iraníes en el puerto de Río de Janeiro. En su reciente viaje a Francia, así como en su reunión con la presidenta de la Comisión Europea en Brasilia, el primer mandatario se encargó de cargar contra el acuerdo con la Unión Europea, en especial en lo que refiere a los compromisos adicionales ambientales reclamados por Europa.

Si bien se esperaba la entrega de la contrapropuesta del Mercosur antes de la realización de la Cumbre del Mercosur en Foz de Iguazú, pronto se anunció que Brasil aún no llegó a tiempo para cerrarla, además de plantear en las últimas semanas la posibilidad de renegociar otros capítulos que fueron cerrados en 2019, como es el caso de las compras públicas. Más recientemente, el canciller argentino también planteó la posibilidad de revisar la oferta europea en búsqueda de alcanzar un acuerdo más equilibrado.

Por último la cumbre del Mercosur realizada la semana pasada (previo a la reunión CELAC – UE de Bruselas que se desarrollará el 17 y 18 de julio), donde una vez más se expusieron las enormes diferencias entre Uruguay y los socios, en particular con Argentina y Brasil. Uruguay sigue reclamando la flexibilización del Mercosur y en particular la posibilidad de avanzar en un TLC bilateral con China, la eliminación de las barreras internas al comercio, la urgente necesidad de cerrar los acuerdos comerciales, además de observar con preocupación el ingreso de Bolivia. Por otro lado, los restantes miembros proponen seguir profundizando el Mercosur, pero sin presentar un plan y mencionando incluso la posibilidad de implementar una moneda común, lo que es casi un ejercicio de ciencia ficción.

En este contexto Uruguay esboza la posibilidad de denunciar el Tratado de Asunción, una posibilidad de difícil concreción política, pero posible desde el punto de vista jurídico. El solo mensaje brindado por el canciller de Uruguay sobre que se comenzará a analizar dicha posibilidad es una buena noticia. Las declaraciones deberían ser una señal para Lula, el que deberá de una vez por todas, asumir los costos del liderazgo regional y dejar de lado la errática política exterior desplegada en sus primeros meses de gobierno.