Algunas reflexiones sobre la flexibilización del Mercosur
Lo primero que debe tenerse en cuenta a la hora de cuestionar un proceso de integración, es que el solo hecho de hacerlo, no implica no ser integracionista. A la ahora de evaluar cómo ha evolucionado el Mercosur, no se debe caer en la simplificación del negro o blanco, realidad que lamentablemente está siendo el encuadre de gran parte de los debates que últimamente se sostienen en Uruguay.
De hecho, debe reconocerse que existen muchos argumentos para demostrar que prácticamente todos los procesos de integración en América Latina y el Caribe han tenido dificultades. Las mismas se arrastran desde sus inicios, porque en muchos casos plantearon objetivos muy ambiciosos sin definir los instrumentos necesarios para hacer posible una cesión de soberanía en la que nadie creía.
Entonces, para hablar del Mercosur y debatir sobre su necesaria flexibilización, el primer paso es volver a sus orígenes. Debemos remontarnos a la década del ochenta, a los pasos dados por los presidentes Sarney y Alfonsín, para entender si realmente pensaron en el Mercosur de los noventa. No es la primera vez que un acuerdo plantea objetivos que tiempo después fueron reformulados, caso del paso de la ALALC y la ALADI, la realidad de la Comunidad Andina y cómo algunos de sus miembros apostaron a la Alianza del Pacífico, un bloque comercial con características muy distintas a los tradicionales de América Latina.
Ahora, impulsar un proceso de reforma o flexibilización, supone desconocer lo alcanzado hasta el momento, definitivamente no. De hecho, hasta la propia OMC se encuentra en el marco de su 12 Conferencia Ministerial en Ginebra debatiendo sobre su reforma, la que es necesaria para ocupar nuevamente un rol más preponderante en el ámbito multilateral. Respecto al Mercosur, sus logros no deben ser desconocidos, como los relacionados con el desarrollo económico en sus primeros años, los avances en asuntos sociales y de cooperación que siguen siendo relevantes entre los miembros.

¿Qué es el Mercosur hoy?
Después de más de 30 años de historia, sí es necesario cuestionarse el rol que juega el Mercosur como herramienta para el desarrollo de Uruguay. Este ejercicio es necesario, porque estamos muy lejos de establecer una unión aduanera y un mercado común, por lo que no es posible medir los impactos de la decisión tomada en la década del noventa. El bloque no es una unión aduanera, es una unión tarifaria y además muy imperfecta. Además, es una zona de libre comercio precaria, no solo por el número de excepciones que aún sostiene, sino también por el caudal de medidas no arancelarias que todavía traban el libre comercio.
Reconocer hasta dónde llegó el Mercosur en el cumplimiento de sus objetivos, ¿supone salirse del bloque? En principio no, lo que se debate en Uruguay es el camino del medio, apostando a flexibilizar las normas, dado que nunca se cumplió con lo establecido en ellas y los cuatros miembros no llegaron a consolidar un espacio único de comercio. En otras palabras, se trata de 4 países que operan de forma independiente, lo que no solo se refleja en sus notificaciones frente a la OMC, sino también en las negociaciones comerciales (con ofertas diferenciadas), además de que todos los países aún cuentan con soberanía en la aplicación de un importante número de instrumentos de política comercial.
Los socios del Mercosur deben asumir qué es el Mercosur hoy, pero lo más importante qué quiere ser mañana, lo que es un debate que urge dada la velocidad de las dinámicas globales. Será necesario contar con un esquema de integración, más flexible, más moderno y ágil para volver a los niveles adecuados de cohesión regional. Vale la pena repetir, no se trata de desconocer los logros institucionales, el nivel de armonización alcanzado en diversas áreas o los importantes espacios de cooperación existentes, donde por ejemplo se puede destacar el FOCEM.
Más allá de los posibles logros en otras áreas, en política internacional, quién se atreve a negar que el Mercosur está cerrado al mundo, que el arancel promedio del bloque es el doble que la media internacional, que las estadísticas ubican a Brasil y Argentina entre las economías más cerradas del planeta, que Uruguay por su estructura productiva competitiva en la agroindustria, necesita la apertura internacional para bajar aranceles o que no tenemos acuerdos vigentes con los principales centros de consumo.
¿En dónde debemos bajar los aranceles con la firma de acuerdos comerciales?, Principalmente en los mercados de Asia Pacífico, que son los más dinámicos en cuanto al crecimiento de una clase media pujante que consume cada vez más bienes y servicios que pueden ser exportados competitivamente por Uruguay. ¿El mirar para esta región del mundo implica dejar de lado a Estados Unidos o Europa?, por supuesto que no. Se trata de colocar los bienes que son demandados por cada socio con pragmatismo, el que, por cierto, es más allá de la retórica el camino que al final seguirán todos los países a nivel global.
Entonces hay que buscar equilibrio, pero partiendo de la base de la sinceridad. No se trata a apartarse del Mercosur, se trata de aceptar que no podemos seguir imaginando que estamos en un bloque que en los papeles debería operar como la Unión Europea. Además, debe tenerse en cuenta que el proceso de integración no está debatiendo sobre su perfeccionamiento, no hay ninguna señal en ese sentido. Por el contrario, posibles cambios políticos en la región, especialmente en Brasil, podrían derivar en el regreso de un Mercosur más político (regreso de Venezuela e ingreso de Bolivia como socio pleno), sin espacios para discutir los asuntos de fondo. Mientras tanto, Uruguay siente la sensación de asfixia.
El estrecho vínculo entre Argentina y Brasil en el Mercosur no está en discusión, porque el Mercosur es esencialmente un proceso de integración creado por y para los dos principales socios del bloque, Uruguay se sumó a un tren que ya estaba en marcha.
El tiempo pasa y el debate sobre el Mercosur sigue presente, en algunos casos con la repetición de los mismos argumentos que se intercambian desde hace ya más de 30 años. Es hora de debatir en clave de futuro y cuestionarnos qué bloque están necesitando los países para enfrentar una nueva realidad internacional, marcada por las tensiones entre Estados Unidos y China, la guerra en Ucrania, una crisis del multilateralismo, la explosión de los mega bloques, la crisis en las cadenas de abastecimiento y un avance tecnológico que está transformando las estructuras productivas a nivel mundial.
La flexibilización del Mercosur implica además un esfuerzo de modernización, porque temas que hoy son centrales en el mundo como el comercio de servicios o el comercio electrónico han tenido poco desarrollo en el bloque. Pero también, son muy limitados los esfuerzos conjuntos en otras áreas como las certificaciones en la producción de alimentos y su desarrollo sostenible, los asuntos medioambientales, la relevancia de la promoción comercial, los esfuerzos diplomáticos conjuntos en mercados no tradicionales, entre tantas áreas. En este sentido, modelos como el EFTA, la ASEAN o la propia Alianza del Pacífico (más allá de las diferencias entre dichos bloques), podrían aportar ejemplos de buenas prácticas en el necesario proceso que debe iniciar el Mercosur.
En este debate sobre el futuro del Mercosur y la flexibilización, claro que China juega un rol preponderante. Un posible TLC entre Uruguay y China tendría impactos muy positivos en el proceso de reforma que se plantea para el proceso de integración. Pero también es deseable el pronto cierre de las negociaciones conjuntas para el acuerdo con Singapur, la reactivación de las negociaciones con Canadá y Corea del Sur y la posibilidad de volver a activar el proceso de ratificación del Acuerdo de Asociación con la Unión Europea. Se espera a su vez el inicio de negociaciones con Indonesia y Vietnam. En todos los casos serán necesarias enormes dosis de flexibilidad y creatividad entre los miembros para avanzar a los ritmos que exige el contexto internacional y evitando que, una vez lanzada la negociación, un socio pueda bloquear el avance de los intercambios.
En definitiva, no se trata de ir en contra del Mercosur, por el contrario, la propuesta de Uruguay reclama cambios para evitar que el bloque caiga en la irrelevancia más absoluta como instrumento útil para el desarrollo económico. De sostenerse por parte de algunos miembros una posición de negación de la realidad y siguiendo con una lógica de rigidez e inmovilidad para bloquear el necesario camino hacia la flexibilización y modernización, Uruguay se podría ver irremediablemente impulsado a buscar otras alternativas.