La guerra en Ucrania confirma que se está reconfigurando el orden mundial

21 de marzo de 2022

El conflicto entre Rusia y Ucrania supone un enorme desafío para los analistas internacionales, ya que su nivel de complejidad impone necesariamente definiciones metodológicas que limitan el número de variables involucradas a la hora de explicar los orígenes del conflicto. Dicho ejercicio es válido y necesario si se pretende abordar la realidad con cierto grado de rigurosidad y claridad.

Naturalmente que existen diferentes miradas, las que son bienvenidas, especialmente cuando se está frente a un conflicto que tiene orígenes étnicos, históricos, culturales, lingüísticos, geopolíticos, económicos y hasta religiosos. Sin pretender abordar en esta columna todos los diversos enfoques posibles, sí es necesario repasar brevemente algunos antecedentes históricos que podrían explicar la invasión de Ucrania por parte de Putin el 24 de febrero de 2022. Debe enfatizarse sin medias tintas, que, desde el punto de vista del derecho internacional, el accionar de Putin atenta contra la integridad territorial de un Estado soberano, independiente y es considerado una violación flagrante de la Carta de Naciones Unidas.

Centrarse en la figura de Putin y sus intereses, los que no necesariamente son compartidos por la población rusa, es una condición más que necesaria para explicar la sucesión de hechos que se han registrado desde que asumió el poder en Rusia en el año 1999. Sus primeras decisiones de gobierno reflejaron su pensamiento expansionista y su necesidad de revisar la historia, por entender que lo sucedido con la Unión Soviética fue no solo una humillación, sino la peor tragedia política de la historia. De hecho, ya como primer ministro en el debilitado gobierno del presidente Yeltsin, activó lo que se conoce como la segunda guerra chechena, lo que aumentó enormemente su popularidad en Rusia.

En el año 2000 asume como presidente y comienza a concentrar el poder interno, eliminando cualquier oposición posible y limitando el accionar de la llamada oligarquía rusa en la política (muchos terminaron encarcelados por no respetar su mandato). El gobierno de Putin volvió a resaltar el patriotismo, rememorando los principales símbolos de la URSS y progresivamente enalteciendo su imagen personal como el único líder ruso capaz de recuperar los espacios perdidos. En paralelo, llevó adelante un férvido control de los medios de comunicación, coartando la libertad de expresión y las libertades políticas (los opositores son encarcelados y las elecciones no son transparentes ni homologadas por veedores internacionales).

Desde sus primeros días en el poder, se focalizó en convertir a Rusia en una gran potencia militar, para lo cual comenzó a destinar miles de millones de dólares (cerca de US$ 65.000 millones en 2021) y un porcentaje muy elevado del PIB (más del 4%), lo que no solo modernizó el ejército, sino que también lo transformó en un importante vendedor de armamento.

Fuente: elaboración propia en base a SIPRI.

En el plano energético, en 2021 fue el segundo exportador mundial de aceites crudos de petróleo, solo detrás de Emiratos Árabes y antes que Irak, el tercero de aceites de petróleo o de mineral butimenoso, solo detrás de Estados Unidos y de Emiratos Árabes y el sexto exportador mundial de gas. Con este último producto generó una enorme dependencia de los países europeos (cerca del 40% del total de gas adquirido por Europa es de origen ruso, siendo Alemania el más comprometido).

Siempre con la justificación étnica, histórica y lingüística (aprovechando la población rusa en los países vecinos) mantuvo una participación en los conflictos internos que se sucedían en su zona de influencia, como fue el caso de Georgia, impulsando la independencia de Osetia del Sur y Abjasia en 2008. En el caso de Ucrania, sus presiones más notorias se dieron en la presidencia de Yanukóvich, quien progresivamente comenzó a defender los intereses rusos en su última presidencia, hasta la decisión de no firmar el acuerdo de adhesión para ingresar a la Unión Europea y llegando a autorizar el idioma ruso como lengua oficial de Ucrania. Las medidas tomadas por el presidente ucraniano derivaron en un levantamiento social que depuso al presidente, pero las tensiones y el nivel de intervención ruso en el país ya no tenían punto de retorno.

De hecho, el nuevo gobierno ucraniano logró firmar un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea (considerado el paso previo para la incorporación como miembro) pero al mismo tiempo debió enfrentar los referéndums independentistas en Crimea y en la ciudad de Sebastopol, los que por enorme mayoría decidieron pertenecer a Rusia. Los resultados fueron considerados inconstitucionales por el gobierno de Ucrania e ilegales por la comunidad internacional, en especial por Estados Unidos y la Unión Europea. La propia Asamblea General de Naciones Unidas aprobó (por 100 votos) la Resolución 68/262 donde reconocía la integridad territorial de Ucrania. De cualquier forma, Rusia invade Ucrania y toma el control de la Península de Crimea lo que es un antecedente de enorme gravedad que occidente aceptó, más allá de sanciones económicas muy limitadas en comparación con las impuestas en la actualidad.

El precedente en Crimea activó los movimientos independentistas en Lugansk y Donetsk de la región del Dombás, una de las más ricas y desarrolladas de Ucrania (20% del PIB de Ucrania, 5% del territorio y 10% de la población, mayoritariamente rusa y con enorme disponibilidad de recursos naturales). En este caso se repitió lo de Crimea con resultados favorables a los intereses rusos por una abrumadora mayoría, pero con el gobierno de Ucrania sosteniendo la ilegalidad de la consulta, lo que contaba con el apoyo de las potencias occidentales.

Si bien Rusia no invadió la región del Dombás luego de los resultados, a partir de ese momento comenzó una guerra civil que ha causado más de 15.000 muertos, con períodos cortos de paz por el Protocolo de Minsk y el Acuerdo de Minsk II, este último con la participación de Alemania (ya con Merkel), Francia, además de Rusia y Ucrania. Un año después de los incidentes en la Península de Crimea y la región del Dombás, Putin interviene en Siria en 2015, modalidad que repite en el caso de las protestas internas en Biolorrusia en 2020, la guerra entre Armenia y Azerbaiyán en el mismo año y su intervención en Kazajistán en 2021.

Respecto al caso específico de Ucrania, en 2019 asumió Zelensky con altos niveles de popularidad y con el mensaje de recuperar las regiones en conflicto, lo que profundizó el alcance de la guerra civil y aumentó la presión contra Rusia, dado el mayor acercamiento de Ucrania a la Unión Europea y la OTAN (dos organizaciones que se han expandido notoriamente en los últimos años). Rusia reclama que en Ucrania existe una nazificación que está llevando adelante un genocidio de la población rusa en la región del Dombás, lo que por cierto fue descartado por la Corte Internacional de Justicia.

Como es sabido, luego de la visita de Putin a Xi Jinping en el marco de los Juegos Olímpicos de Invierno y solo cuatro días después de finalizadas las olimpiadas, Rusia invade Ucrania con la declaración previa de la independencia de Donetsk y Lugansk. La invasión no llamó la atención si se tiene en cuenta la información que públicamente manejaba el presidente Biden, que desde tiempo atrás venía alertando el paso que finalmente dio el mandatario ruso. Sí fue una sorpresa la magnitud de la invasión, atacando por 4 frentes en simultáneo y buscando golpear las principales ciudades y puntos estratégicos (urbes más pobladas, puertos, centrales nucleares, entre otros objetivos).

En una reacción sin precedentes, las potencias occidentales comenzaron a aplicar sanciones económicas inéditas que sacudirán muy fuertemente la economía rusa (pero también la economía internacional y en especial la europea) además de darse una condena generalizada de la comunidad internacional, lo que se hizo evidente con la Resolución de la Asamblea General de la ONU apoyada por 141 miembros. La guerra en Ucrania, que lleva más de veinte días de ataques, ha dejado cerca de tres millones de desplazados (prácticamente un Uruguay entero) y miles de muertos, con un progresivo aumento del número de civiles abatidos debido a los ataques aéreos rusos en zonas residenciales.

La magnitud del conflicto por tratarse del país más grande de Europa (sin contar la porción rusa en el continente europeo) y la cercanía del conflicto en territorios de la OTAN despertó a un occidente que durante décadas ha demostrado debilidad y pérdida de espacios frente a las potencias emergentes (período que podría ubicarse desde el año 2001 en adelante con los ataques a las torres gemelas). La cohesión mostrada por la Unión Europea y Reino Unido, la decisión de Alemania de aumentar su presupuesto militar y los debates en Japón por no contar con fuerzas armadas preparadas para un mundo con tensiones crecientes (especialmente cerca de su territorio como es el caso de Corea del Norte, Taiwán y el Mar del Sur de China), son una señal clara del devenir de los próximos años. Actores como China e India (potencias nucleares) mantienen cierta neutralidad en el conflicto y han optado por no aplicar sanciones contra Rusia, con la que seguirán comerciando en yuanes y rublos.

Es un error pensar que China ha fomentado la invasión en Ucrania, por el contrario, muestra preocupación por la magnitud de la invasión seguida por su aliado y ha defendido la integridad territorial de Ucrania. Ahora bien, sí es claro que la invasión rusa favorece los intereses chinos en cuanto a los nuevos equilibrios de poder y su conflicto bilateral con Estados Unidos. Cabe recordar las diferencias crecientes entre las dos principales potencias por Taiwán (Taipéi Chino para la República Popular China, que lo considera parte de su territorio).

La principal potencia asiática juega un rol clave, ya que sus intereses a nivel mundial y su nivel de interacción económica con Estados Unidos y la Unión Europea lo obligan a evitar cualquier apoyo expreso a Rusia y lo presiona a transformarse en un mediador para bajar el nivel de tensión en el conflicto. Es evidente que China y Rusia profundizarán sus relaciones en los próximos años, pero China pondrá sus límites para evitar que el conflicto adquiera una escala que dificulte la concreción de sus intereses en el largo plazo. Algunos de estos tienen que ver con la reforma de los organismos internacionales nacidos en la posguerra, la consolidación de la nueva institucionalidad que lidera como la Organización de Cooperación de Shanghái, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, el Nuevo Banco de Desarrollo, el megaproyecto de la Franja y la Ruta, la internacionalización del Renminbi (reciente acuerdo con la Unión Económica Euroasiática para que el comercio se regule en yuanes y rublos) la profundización de su presencia en Asia Central, América Latina y África.

Mientras siguen adelante las sanciones de las potencias occidentales (incluso valorando dejar de comprar petróleo y gas a Rusia, con lo que eso supone), Estados Unidos y China buscan una salida negociada del conflicto, que ya trata ciertos puntos con menor o mayor éxito y con varios intentos de mediación a cargo de Alemania, Francia, Israel y ahora Turquía. Rusia acepta no deponer a Zelensky (al menos por el momento), pero exige que Ucrania no ingrese a la OTAN, limita sus fuerzas armadas, pretende consolidar la Península de Crimea y muy probablemente defienda la independencia de parte del Dombás (quizás con mayor ampliación de lo que ya controla y buscando controla el Mar de Azov).

En definitiva, si bien Zelensky ha sorprendido por su accionar como Jefe de Estado en momentos de crisis, con un excepcional manejo comunicacional, a la larga Putin alcanzará su objetivo, más allá de la enorme pérdida de vidas humanas. Por otra parte, los líderes europeos saldrán favorecidos, pero deberán modificar la agenda de los próximos años, en especial en lo vinculado a la dependencia energética con Rusia y la Política de Defensa y Seguridad Común (se debatirá con fuerza la necesidad de contar con un ejército europeo propio que no dependa de la OTAN). A su vez, Europa tendrá que enfrentar las tensiones que surjan por posibles nuevos ingresos a la Unión Europea y la OTAN.  

Una vez superado el conflicto y con la retirada de las tropas rusas del territorio ucraniano, la destrucción y el odio seguirán presentes, por lo que es difícil de imaginar una convivencia pacífica entre ucranianos y rusos en los territorios ilegalmente tomados por la potencia invasora, con justificaciones que la propia historia de la política internacional de Putin relatada en esta columna parece desestimar. Por otro lado, las consecuencias económicas serán severas para Europa y las sanciones generarán distorsiones en los precios internacionales (productos agrícolas y energéticos), inestabilidades financieras y bursátiles, además de restricciones logísticas, en un mundo que ya estaba tensionado con las cadenas de aprovisionamiento por el Covid y la situación en China.

Muchos actores internacionales, ya no solo los Estados, observan la resolución del conflicto en Ucrania con interés, porque muchos de ellos quieren formar parte de la reconfiguración del orden global, el que se dará de hecho y no con debates inacabados sobre reformas que evidentemente no llegaron a tiempo. La globalización económica seguirá su curso, pero la misma ya no necesariamente implicará la universalización de los valores que en décadas anteriores garantizaban la paz y la seguridad internacional.